Antes del amanecer, algo pequeño atraviesa el pastizal mojado. Lleva una semilla entre las manos: la tomó de un altar. Anoche olvidaron la ofrenda.
Entra como un respiro de aire frío cargado de rocío. Después la escena se mueve: pasto recién quebrado, tallos y savia, como si alguien hubiera cruzado corriendo. No vemos al alux. Sólo una piel tibia entre el aire frío.
Al seguir el rastro, la tierra se humedece y el musgo cubre lo que queda. Dentro del verde, algo aparece unos segundos y vuelve a esconderse.
No lo ves. Reconoces su presencia por la ausencia que deja.
