La primera lectura es física: piedra volcánica, un hilo de cobre, aire con una tensión casi metálica. Un pulso breve atraviesa la salida: la cáscara de una lima, verde y ácida. No es limonada.
A medida que la salida pierde contorno, la composición deja de señalar objetos y empieza a ocupar espacio: un campo limpio, mineral y persistente cuya fuente no se puede ubicar. El cuerpo se vuelve una hipótesis.
Entonces aparece apenas una irregularidad orgánica, suficiente para insinuar que el sistema contiene una presencia y no sólo información. Al fondo, hojas de té seco y una sombra de incienso: memoria molecular de lo sagrado.
La máquina no es el sujeto. La transferencia es el sujeto.
