Un gabinete electrónico permanece abierto en la oscuridad. Los cables lo recorren como raíces y las placas verdes funcionan como un retablo. Algo continúa encendido.
El aire alrededor de la máquina está ionizado: metal frío, polvo, polímero calentado por la corriente. En el centro arde mirra. El humo entra por los ventiladores y se deposita sobre el cobre, el silicio y el estaño.
La resina antigua y la infraestructura dejan de pertenecer a épocas distintas. El cable y la raíz transportan energía; el incienso y la electricidad vuelven perceptible una presencia invisible.
El circuito se vuelve sigilo; el servidor, relicario.
